La muerte en WhatsApp

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En enero de este año decidí prescindir de WhatsApp en el móvil. Reconozco que esa aplicación de mensajería es muy útil, pero los usuarios la hemos convertido en un engendro: desde grupos disparatados de los que no puedes salir por el qué dirán a contactos que te recriminan que no contestas de forma inmediata, pasando por el control social sobre si has leído un mensaje o has estado conectado a tal o cual hora y no has dicho nada, WhatsApp estaba transformando mi vida y no para bien. Desde entonces me comunico a través de llamadas o mediante esa reliquia que son los SMS. ¡Y tan feliz, oiga!

Mi estrategia fue, en un primer momento, desactivar la conexión de datos del teléfono. Así me evitaba también recibir varios avisos de correo electrónico cada hora, muchos de ellos publicitarios: si quiero ver el buzón, enciendo el ordenador o el iPad y listo. Respecto a mis contactos de WhatsApp, solo veían que no leía los mensajes. No anuncié a través de la aplicación que me iba, preferí ir contándolo en persona uno a uno. Si mi vida digital fuese una metáfora, diría que había enfermado, estaba interno en un hospital y mis contactos iban sabiéndolo poco a poco. Una segunda fase consistió en desinstalar WhatsApp del móvil. Me di cuenta que si por cualquier circunstancia necesitaba internet en el teléfono, WhatsApp comenzaba a descargar los cientos de mensajes pendientes. Y no quería confundir al personal; seguía enfermo y no presentaba mejora aparente.

Hace unas semanas, WhatsApp decidió rematarme: envió un “Francisco ha sido eliminado” críptico a los grupos que pertenecía y me borró de la lista de contactos de mis amigos y amigas. Dos personas se pusieron en contacto conmigo por teléfono para preguntarme qué había sucedido y no supe muy bien qué decir. Les dije que imaginaba que WhatsApp había decidido matarme por no tener actividad vital. Había muerto para WhatsApp.

Esta historia me hizo reflexionar sobre la amistad en estos tiempos y la conclusión a la que llegué no fue muy esperanzadora. Mientras estás vivo en WhatsApp tienes una vida social intensa, con decenas de mensajes cada día. Todo el mundo cuenta contigo, todo el mundo quiere hacerte partícipe de cada segundo de su vida, a todo el mundo le importas. Cuando enfermas, dejas de interesar a la mayor parte de tu agenda. Decidir una visita cuesta y todo el mundo tiene cosas más importantes que hacer. Una vez has muerto, solo significas algo para un par de personas. A mí me queda la impresión de que he muerto en la vida digital pero he resucitado en la vida. Y no me importa nada si sólo puedo contar con los dedos de las manos los verdaderos contactos para los que represento una miaja.

 

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